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01.19 En serio vas a escribir en el newsletter sobre Harry?
01.22 Sí, creo que sí
01.37 Te das cuenta que si Harry fuera de cordoba vos lo hubieses hecho escribir en nadieescool para después arrepentirte?
02.00 JAJAJJA 😒 me voy a dormir

 
Este es mi newsletter.


Cualquier persona que viva dentro de sus posibilidades sufre de una terrible falta de imaginación
Oscar Wilde

 De niña, incluso de muy pequeña, poseía una elaborada y desconcertante belleza. Aisladamente, ningún rasgo era correcto, pero del conjunto surgía algo cautivador. Una despreocupada armonía. Una mutabilidad, también, como si debajo de mi rostro visible hubiese otro, ya arrepentido.
Jeffrey Eugenides

No me gusta Harry Styles por su música. De hecho, ahora que a ustedes puedo confesarles lo que realmente pienso porque total ¿qué van a hacer? ¿demandarme?, lo que menos me interesa de Harry Styles es su música. Y ya que estamos: tampoco me gusta Harry Styles por su aspecto físico. Los ingleses son muy parecidos a lagartas. Lo que más me gusta es similar a un peligroso estado de las cosas, o de sus cosas, para ser más preciso: como parece estar cubierto de discursos, como su cuerpo se presenta compuesto por oraciones muy bien escritas que insisten en desembocar en un destino que tiene forma de párrafo a veces confuso a veces siniestro y a veces obvio; como, en realidad, esas ideas se proyectan sobre un camino carismático y seductor, algo así como una editorial leída a los gritos bajo la lluvia en una noche negra o una declaración de amor venenosa: Romeo en el balcón de Julieta, Rimbaud al dejar al Verlaine, Oscar Wilde cuando recuerda hasta el último centavo que le prestó a su novio que lo denunció por puto en «De profundis» (escrito desde la cárcel), el carnicero con su seducción burda dedicada a una vecina cualquiera con todos los doblesentidos posibles entre los cortes de carne y coger. Tiene que ser así, sofisticado y vulgar en simultáneo, con referencias literarias casi en las mismas maneras de un borracho de avenida. Tiene que ser una negociación entre el pudor y la obscenidad. Lo que más me gusta de Harry Styles (y esto es aplicable a todo el mundo) es su capacidad de ser un personaje de novela, su condición de estereotipo, de mago y de muggle, de llevar las cosas tan lejos que terminen por componer algo absoluto: el absolutismo de los lugares comunes desde los que todos partimos y hacia los que todos vamos. Teoría principal de hoy: lo que más nos enamora de alguien es su condición de protagonista de vodevil.
 
Reformulo porque no estoy convencido de la idea: hay personas que parecen haber modelado su personalidad de manera consciente, lo cual no implica necesariamente manipulación ni especulación ni ventajismo sino más bien pulso dramático. Saber cuándo entrar y salir a escena, cuándo retirarse de una fiesta a tiempo, cuándo llegar y cómo vestirse, qué cámara te apunta y hacia dónde sonreír al tiempo que se le guiña un ojo a un otro sin hacer la mueca. Es tan solo un cambio de brillo en los ojos que sería imperceptible para los que se limitan a la naturalidad, es un comentario ingenioso en el momento en que el cerebro pasó la puerta de la terapia intensiva que lleva escrita en letras grandes y grises ABURRIMIENTO. Es decir, hay personas cuyas costillas están atravesadas por palabras, que se enroscan en los huesos y trepan por la garganta hasta salir por la boca, palabras que estallan los pulmones y decantan en los riñones, en los intestinos, palabras que también se acumular en las manos, que suben desde los pies y se filtran por los ojos, palabras que (acá decidan ustedes qué remate les queda mejor) nacen o bien en el corazón o bien en el cerebro. Y la literatura lo sabe, conoce al dedillo el truco pero no lo descubre, es uno de esos magos viejos que guardan el conejo para siempre en la galera y quedan a la espera del niño que se sorprenda aunque se agoten los años, es uno de esos tipos cascarrabias de barbas largas y pelos canos que habitan en las bibliotecas del mundo y que le dan orden al caos a sabiendas de que parte de ese orden son, también, los momentos en que la vida y los libros se esquivan para no chocarse provocando en ese cruce el surgimiento del mundo y los lugares comunes. Vamos con un ejemplo.
 
En «Middlesex» Jeffrey Eugenides toma a Cal Stephanides (antes Calíope Stephanides) y nos cuenta cómo se enamoró de la compañera nueva del colegio. El amor es una obviedad tan espantosa como bonita: lo prohibido, el descubrimiento personal a través del sexo, las insinuaciones en secreto, los roces premeditados que fingen descuido, los detalles domésticos a partir de los cuales, a falta de grandes relatos, se levante el edificio de lo posible como histeria contenida. Dice así:

«Abrí el libro y bajé la cabeza. El pelo se me cayó por delante de la cara, aislándome de todo -Maxime, el señor Da Silva, los geranios del invernadero- menos del texto. Tras la cortina de terciopelo, mi voz de cantante de salón empezó a ronronear.
 —Afrodita se desató el cinto famoso, que encerraba en él tantos encantos: el amor, el deseo, el murmullo amoroso y la fuerza de la seducción, que hace perder el juicio a los hombres más sabios.
Era la una. El letargo después de comer flotaba por el aula. Fuera, el cielo amenazaba lluvia. Llamaron a la puerta.

 —Disculpe, Callie. ¿Podría parar un momento, por favor?- el señor Da Silva se volvió hacia la puerta- Adelante.
Al igual que mis compañeras, alcé la vista. en el umbral había una chica pelirroja. Dos nubes se encontraron en lo alto, patinaron y, dejando escapar un resplandor, siguieron su camino. La luz cayó sobre el tejado de cristal del invernadero y, pasando entre los geranios suspendidos, realzó el fulgor rosado que ahora, como una especie de membrana, envolvía a la recién llegada. También es posible que el sol no tuviera nada que ver, sino que se tratase de cierta intensidad, de un fervor, de una mirada»
.
 
Lo patente del asunto continúa como podría escribirlo cualquiera de nosotros: Callie intenta desviar su verdadero interés -la tensión sexual- y dice que es porque es la nueva, porque es pelirroja, porque en el pueblo nunca ocurre nada y dice, ya subida a la locura de las excusas, que su interés es meramente científico: nunca conoció a nadie con pecas. Después se obsesiona: que por qué lleva pulseras, que por qué un anillo antiguo, que de dónde salió, que por qué arrastra los pies con semejantes tacos, que por qué camina desganada y no hace la tarea, por qué copia en los exámenes, por qué no le interesan ni los geranios ni la poesía. ¿Me siguen? El lugar común: la nerd enamorada de la chica mala del curso. Pero para que eso suceda cada una tiene que ser perfecta en la interpretación de su papel, no puede haber errores, nadie puede bajar del escenario con el auditorio lleno; la única salida posible es esa que se sucede cuando se desvisten de su traje público en un rincón privado del teatro que llamamos vida real, ese momento que es el origen de todo, el génesis de esta Biblia de mierda: el momento en el que encuentran en su opuesto el complemento, la risa en la mente, la grieta por la cual respirar, el fin del miedo latente como dos ojos que acechan desde la puerta semiabierta del placard.

🧠
Calíope Stephanides la llama el Objeto Oscuro. ¿Ustedes tiene el suyo propio, su propio Objeto Oscuro? Espero que sí
🧠
«Al parecer llevaba algún tiempo fumando. No había empezado ayer. Ya era toda una profesional. Mientras me examinaba de pies a cabeza, los ojos entornados, el cigarrillo se iba inclinando entre sus labios. El humo se elevaba en paralelo a su cara. Era un contraste extraño: la endurecida expresión de detective privado en la cara de una chica que llevaba uniforme de colegio privado. Finalmente se quitó el cigarrillo de la boca. Sin mirar al cenicero, sacudió la ceniza.
Cayó dentro.

 —Dudo que una chica como tú fume — me espetó.
 —Pues aciertas
 —¿Queres empezar?
Me alcanzó el paquete de Tareyton.

 —No quiero tener cáncer.
Tiró el paquete a la mesita, encongiéndose de hombros.

 —Supongo que ya deberá haber cura cuando yo lo tenga.
 —Eso espero, por tu bien.
Volvió a dar otra calada, aún más profunda esta vez. Contuvo el humo y luego, poniendo un perfil cinematográfico, lo expulsó.

 —Seguro que tu no tienes malas costumbres— aventuró.
 —Las tengo a montones.
 —Dime una
 —Me chupo el pelo.
 —Yo me muerdo las uñas dijo con espíritu competitivo. Alzó una mano para mostrármelo Mamá me dio una cosa para ponérmela en los dedos. Sabe a mierda. Dice que te ayuda a dejarlo.
 —¿Da resultado?
 —Al principio sí. Pero ahora casi que me gusta el sabor.
Sonrió. Yo sonreí. Entonces, brevemente, haciendo una prueba, nos reímos juntas.

 —Eso no es tan malo como chuparte el pelo — proseguí.
¿Por qué no?
Porque cuando te chupas el pelo, te huele como lo que has comido al mediodía.
Qué fuerte repuso ella haciendo un mohín.
En el colegio nos habríamos sentido raras hablando a solas, pero allí nadie nos observaba. En un plano más general, en términos de la vida misma, éramos más parecidas que diferentes. Las dos éramos adolescentes. Las dos vivíamos en barrios residenciales. Dejé mi mochila y me acerqué al sofá.
El Objeto se llevó el Tareyton a los labios. Puso los brazos a los costados y, apoyándose en la palma de las manos, se elevó sobre el asiento, como un yogui levitando, para hacerse a un lado y hacerme sitio.

 —Mañana tengo examen de historia anunció.
 —¿A quien tienes en historia?
 —A la señorita Schuyler
 —La señorita Schuyler tiene un vibrador en su mesa.
 —¿Un qué?
 —Un vibrador. Lo vio Lisa Clark. En el cajón de abajo.
 —¡No lo puedo creer!
El Objeto estaba escandalizada, divertida. Pero entonces entornó los ojos, pensando. En tono confidencial, preguntó:

 —¿Para qué sirven esas cosas, exactamente?
 —¿Los vibradores?
 —
El Objeto era consciente de que sería imperdonable no saberlo. Pero confiaba en que yo no iba a burlarme de ella. Ése era el pacto que hicimos aquel día: yo me ocuparía de los asuntos intelectuales de gran calado, como los vibradores; y ella, de la esfera social.

 —La mayoría de las mujeres no llega al orgasmo mediante las relaciones sexuales normales — informé, citando al pie de la letra el ejemplar de "Nosotras, nuestros cuerpos" que me había regalado Meg Zenka — con lo que es necesaria la estimulación clitoriana.
Debajo de las pecas, al Objeto se le puso la cara colorada. La información, desde luego, la dejó petrificada. Yo le hablaba a la oreja izquierda. Empezó a ruborizarse por ese lado, como si mis palabras le fueran dejando una huella invisible.

 —Es increíble que sepas todas esas cosas.
 —Te diré quién se las sabe muy bien. La señorita Schuyler, esa sí que sabe.
La risa, la carcajada, brotó de sus labios como un géiser, antes de que ella cayera contra el respaldo del sofá. Gritó con alegría, con repugnancia. Pataleó, tirando de la mesa el paquete de cigarrillos. Volvía a tener catorce años en vez de veinticuatro, y contra todo pronóstico nos estábamos haciendo amigas».

 
En ese momento, ese momento en que abandonan la edad que tienen para entregarse la adolescencia perdida (la adolescencia entendida como esa música especial que retenemos hasta que crecemos y la cual pasamos el resto de nuestra vida buscándola -estoy parafraseando una cita de la que no recuerdo su origen-) es en donde se sitúa lo que me gusta de Harry Styles. Alguien que nació siendo literatura, por eso fue fácil que se trenzaran a su alrededor todas las versiones posibles de una historia de amor secreta con su ex compañero de banda Louis Tomlimnson: porque los gestos estaban, porque los guiños existían, porque el carácter de Harry lo llevó a leer el momento y a subirse a él al mismo tiempo que lo abonaba con toda la gracia posible. ¿Existiría el Harry Styles que conocemos hoy -el que todo el mundo ama, del que ya nadie reniega, al que nadie mira de reojo- sin ese detalle? El detalle del amor prohibido, de la sexualidad secreta, de su desinterés a la hora de hablar refiriéndose a un género específico. Incluso más allá de la pose política pública y de las banderas. ¿Existiría sin todas las versiones de que algo-sucedía-entre-él-y-Louis? Porque, no voy a mentirles, ¿vieron cuando dos personas están juntas y todos a su alrededor quedamos magnetizados, como embobados en simultáneo a sentir no un escalofrío sino más bien la incertidumbre que lo antecede, los pelos encrespados, las manos sutilmente tensas, los hombros duros, un miedo eléctrico en los ojos? ¿vieron cuando dos personas interactúan y los que no están dentro de ese círculo de tiza blanca que son ellos mismos quedan tristemente desenfocados? bueno, googleen Larry Stylinson y me cuentan.
 
Ahí tienen lo que me gusta de Harry Styles y lo que me horroriza de la vida real en la que la mayoría de las personas no llegan ni a extras de sus propias vidas, en la que hay personalidades que son como un virus y una vez que se te instalan quedan ahí para siempre, como esa que odio y que está de moda hace años. Tengan cuidado con esto, hay gente enamorándose de una personalidad que siempre es la misma aunque ocupe muchos cuerpos: falsamente sensibles, ridículamente buenos pensadores repetidores de lo correcto, de lo que todos sabemos y con lo que estamos de acuerdo, sospechosamente ligados al arte, escritores que quedaron a medio camino (🙋‍♂️), fotógrafos de desnudos, la misma ropa pretenciosamente outsider, pasan “musiquita”, ¡hacen teatro!, escuchan lo mismo y ven lo mismo y consumen todos lo mismo pero sólo ocurre en la superficie, como quien un día se amanece a una ideología y a unos lugares comunes que le fueron impuestos. Sin carácter. Sin magia. Sin marco teórico. Y fundamentalmente sin el menor de los encantos.
 
Pero no me hagan caso. Hoy me levanté especialmente horrorizado.
 
Espero que lo sepan: puedo horrorizarme de al menos cinco cosas antes del desayuno.
 
Después se me pasa.
 
Después me olvido.
 
Quizás es lo mismo.

Hasta la semana que viene.
 
P.D. 🍉
 
https://twitter.com/PabloDurio
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Pueden encontrar los peligrosos estados de las cosas del pasado en esta habitación abajo de la escalera principal a donde van a parar las cosas viejas.

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